El dolor nos lleva por caminos equivocados.

Nos lleva a correr por laberintos entrecruzados, sin mirar atrás, sin mirar hacia delante, tan sólo correr esquivando los obstáculos que surgen a nuestro paso, rozándolos; sin final, sin destino.
Nos lleva a apretar las manos tan fuerte que nos hacemos daño, pero, ¿qué más da? Después de tanto recorrido, de tanto sufrir...¿qué más da un poco más?
Es como cuando llevas mucho rato mirándote en un espejo y llega un momento en que no te reconoces y te parece que esa cara que estás viendo no eres tú, te resulta rara, distante, ajena; te parece imposible que tú puedas pertenecer o formar parte de eso, que seas eso.
Con el dolor pasa igual, llega un momento en que lo ves como algo aparecido de un sueño (o pesadilla), crees que estás lejos, muy lejos, te parece que has salido de ti y ves desde fuera el sufrimiento, las lágrimas, los intentos fracasados de intentar salir de una espiral de humo negro, ves a otra persona en el espejo con ojeras, ojos hinchados y pelo enredado, crees que estás lejísimos...sin darte cuenta de que esa eres tú, que la que lleva dentro el dolor eres tú, por eso, puedes huir, escapar, correr o andar, pero él siempre seguirá ahí, porque ya ha pasado a, simplemente, formar parte de ti, hacerse un hueco dentro de ti.